La enorme tragedia de Gotemburgo
por Mauricio Aira
Las últimas semanas han sido tiempo de dolor y de angustia para el pueblo de Gotemburgo. Un voraz incendio provocado hasta ahora por causas desconocidas aniquiló la vida de 63 jóvenes que se divertían en una improvisada discoteca de la isla de Hisingen en pleno corazón de Gotemburgo. Los jóvenes, en su mayoría ciudadanos suecos, pertenecían sin embargo a las numerosas colonias de Africa, Asia, Europa Oriental y América Latina, además de 9 auténticamente suecos. La tragedia puso en vilo a cientos de miles de personas que siguieron con nerviosismo el desarrollo de los acontecimientos del aciago fin de semana, las radioemisoras y los canales de televisión aumentaron sus servicios noticiosos en forma extraordinaria y los grandes periódicos editaron ediciones extra para informar a sus lectores de cuantos detalles fuera posible y para acompañar el espectáculo extraordinario de miles de personas que desfilaron sin interrupción frente al escenario de los hechos convertido en un santuario regado por sangre inocente, al que peregrinó gran parte del medio millón de pobladores de Gotemburgo y a lo largo de 15 días sin pausa.
El tiempo del dolor lacerante ha pasado y ha llegado la hora de un análisis reflexivo e imparcial, que nos ayude a superar el presente y sobre todo a evitar la repetición de similares desgracias que tiene su explicación en el descuido, la negligencia y la irresponsabilidad de las personas que tuvieron en sus manos las decisiones que condujeron al desastre que además de los 63 muertos, provocó daños irreparables en una centena de otros jóvenes que quedaron marcados para toda la vida por efecto del fuego y sus consecuencias.
En primer lugar los culpables están en el Municipio, en las oficinas que corresponden al uso del tiempo libre y de los asuntos de inmigrantes. Sucede con frecuencia que lugares prácticamente inhabitables son alquilados a precios muy bajos para el uso de las asociaciones como sitios de reunión y sedes permanentes. Los precios bajos determinan la calidad de las viviendas, en este caso de las instalacions de los inmigrantes, debido a que una parte del costo del alquiler se paga por las mismas asociaciones y otra por el municipio. Las organizaciones de inmigrantes eligen costos bajos y los municipios exigen costos bajos para otorgar los subsidios que permiten el pago de los alquileres. Este es un círculo vicioso cuya vigencia debería ser revisada. En efecto, luego de la catástrofe de Gotemburgo se procedió a la inspección de sitios similares y se encontraron fallas en cuanto a seguridad, higiene, ventilación, iluminación, etc. Fallas que dicen muy mal de la fama de Suecia como país organizado y poco discriminatorio. Para ejemplo se puede citar el caso del Centro Cultural Boliviano en Estocolmo, donde en un ambiente autorizado para 200 personas se comete la imprudencia de reunir 600 o más personas los fines de semana para bailar al estilo de las discotecas especialmente habilitadas para ello. No hay salidas de emergencia, se trata en general de sótanos y la razón de promover fiestas es económica, para pagar los altos alquileres a que el Municipio obliga.
Este punto de la necesidad de reunirse que tiene la juventud para divertirse, los recursos muy limitados de que disponen, les conduce a buscar los sitios más bratos, el caso de la Asociación de los Macedonios de Gotemburgo que cobraba un derecho de ingreso de 40 coronas frente a 80, 100 o más que cobran otros sitios de la ciudad, es una explicación y un hecho que no se puede descuidar en este análisis. Las autoridades, las iglesias, las asociaciones, todos son culpables, porque a la hora de atender a las inquietudes de la juventud les dan la espalda y los dejan actuar sólos a expensas de quienes, conociendo el mercado de los entretenimientos nocturnos, aprovechan de la masa de jóvenes inmigrantes para venderles un pésimo producto sin garantía alguna.
El segundo nivel de responsabilidad está en las organizaciones de inmigrantes. El "förening" o asociación que firmó el contrato con el Municipio para explotar el salón de reuniones no tenía autorización alguna para subalquilarlo para una actividad comercial. Los macedonios explican que fueron engañados, se les dijo que se trataba de una fiesta privada, lo que es creíble pero no correcto. Ninguna fiesta privada se organiza con la publicidad que ésta tuvo en el Internet, con la colocación profusa de afiches, con las visitas de los organizadores a los colegios y centros de estudio. Y dónde están los inspectores de las asociaciones que no se preocuparon nunca de la seguridad física del local, si todo estaba funcionando bien, etc. etc.
En tercer lugar está el grupo de jóvenes que comercializó la fiesta, se encargó de la publicidad, la venta de entradas, la contratación de los músicos, los equipos, la iluminación y seguramente también del control de los ingresos donde nadie podía introducir armas, bebidas alcohólicas ni drogas. Entre las víctimas todos eran jóvenes menores de 21 años, no había un sólo adulto que hubiera podido imponer algo de su autoridad en este campo.
El objeto de esta reflexión es prevenir que semejantes desgracias se repitan, por lo tanto se tiene que revisar esta relación formal en cuanto a la economía, los lugares de funcionamiento de las asociaciones y sobre todo de hacer algo efectivo para qu el tiempo libre de la juventud sea utilizado de manera que no pongan en riesgo su seguridad, su salud ni su economía.
A las familias afectadas por este horrible suceso, a su entorno de amigos y a las colonias de inmigrantes, especialmente a los compañeros chilenos nos queda por ofrecerles nuestro respaldo, nuestra comprensión por el dolor que les afecta y que deja profundas huellas en cada uno de ellos. Las palabras resultan insuficientes y pobres de contenido ante tal tragedia que nunca más debería repetirse y cuyo origen por un elemental principio de justicia debe ser claramente investigado y establecido.
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