SALTO MORTAL
por Alda Simon
Jag skriver inte för att heta poet.
Jag skriver för att slåss!
Strindberg
El secretario anunció al Ministro de Finanzas y Bienestar Social.
-¿Es tan urgente que tiene que ser aquí en el vestidor?- protestaba con voz airada el presidente cuando ya entraba el ministro a pasos gigantescos, peluquín azabache, patillas rizadas, papada de cocote otoñal. Se detuvo a la orilla de un riachuelo de talcos que corría arrebatando de aromas de claveles flamencos y de violetas etruscas.
El presidente, envuelto en un toallón de baño, luego que le empolvaron los pies y le calzaron de emergencia las coquetas pantuflas de orejas de conejo, se levantó, fue al encuentro del ministro y pasaron juntos a otro salón.
El ministro, con gran empaque empezó a perorar sobre inflación, devaluación, crisis galopante, arcas zozobrantes, inminentes naufragios y desastres financieros catastróficos, hasta que el presidente, impaciente que le tremolaban las toallas, montando en cólera a voz en trueno, lo arrasó sin preámbulos:
-IMPUESTOS. Estudie más IMPUESTOS. Esa, la maquinaria más ingeniosa y más generosa que existe de todas las que disponemos los Gobiernos desde tiempos inmemoriales. ¡Una obra maestra! ¿O acaso usted no lo sabe? ¿No lo sabe?... persistía parado al lado.
Pero el ministro había perdido el habla.
El presidente continuaba: -Las civilizaciones, los imperios más antiguos de la historia de la humanidad, manejaban con suprema sabiduría, los impuestos. Y los pueblos pagaban contentos en aquellos tiempos y sobre todo en aquellas Romas...
Muchos ciudadanos ejemplares no esperaban a los esclavos que iban de casa en casa por los tributos, sino que se adelantaban a alcanzárselos ellos mismos a César, sentado él, en su silla curial de marfil a la puerta del palacio esperándolos. ¿Se dá cuenta? Algunos, con la contribución, dejaban caer al regazo ilustre, una perla, ida a buscar al fondo de los mares más lejanos, para su caro emperador... Y se miraban unos a otros en la fila, con la mano en el puñal, fieramente recelosos de que alguien pudiera llevar la perla más esférica y de más exquisito oriente. Asimismo, más de uno al descubrir que la suya era menos linda, muy lejos de sulfurarse, volvía a pasar con una segunda perla. Y no faltó quien, ¡con una tercera! ¿Que tal? Así la ronda de las contribuciones se tornaba infinita o sangrienta, porque ¡ay de aquel que un día hizo rodar de entre sus dedos, una parla negra!... Anduvo apenas unos pasos, porque se desplomó, al influjo de silenciosa, placentera puñalada como caricia. ¡Eso es devoción al Estado! Y el muerto no fue estorbo en el camino, sirvió para hacer la pirámide entre todos, a comparar mejor todas las perlas. ¡U-la-lá! Desde luego que César no se enteraba de nada de lo dicho. El pobre sólo recibía y miraba y miraba a lo lejos, indiferente o abstraído en el paisaje palatino de cipreses. Vaya á saber. Cuando su falda rebosaba, un esclavo se encargaba de aligerarla.
Recitando todo ésto, el presidente caminaba y espiaba de reojo en la sombra y en los vidrios sus poses y ademanes, lo que creía todo un lucimiento de gran orador. ¡Y con eso y las toallas colgando del hombro izquierdo en ampulosos plieques a manera de clámide, se sentía reencarnado! De pronto algo rozó la puerta muy suavemente, así como un granillo de polvo de oro de una estrella fugaz. El presidente mismo fue a abrir y se encontró un niño que andaba perdido en este mundo tan grande lleno de impuestos y se había equivocado de puerta. Sabido lo cual, el presidente cerró sin más, sin un caramelo, sin quédate un poco o ¿Cómo te llamas? Ni sirvió eso para dejarlo pensativo y parar la oratoria. Por el contrario: Retoñó su lengua con más savia y humor:
-¿Y qué me dice de aquel patriarca bíblico, Jacob? ¿Se acuerda?- Y como el ministro no contestara, le tiró una palmada chusca en el brazo:
-¿Pero cómo no te vas a acordar de Jacob? Si a mí me parece que lo veo centellear por las plazas públicas, aspirando, bebiendo, masticando los perfumes purpúreos de los diezmos que pregonaba, ¡el muy cachafaz!
El ministro hizo un gesto inhalante sin despegar los labios.
Y el presidente que había ido bajando la voz a canturriar goloso la palabra impuestos, añadió divertido:
-Después de todo, nosotros no nos sentamos todo el día al sol a que nos tiren una perla loca... No, Eso no. -Y subió el tono de golpe:
IMPUESTOS Y MÀS IMPUESTOS. ¡Invéntelos! Si hay que parirlos, engéndrelos y alúmbrelos prematuramente. Yo bastante hago. Firmé el Decreto para reducir personal en su ministerio, que -dicho sea- era una zanganería perniciosa que usted no veía... ¡Colmenares que acaban arruinando a una Nación, por rica que sea!, ¿eh?
El ministro enmudecido, de brazos cruzados, la vista en el techo.
-Y está en marcha el otro Decreto que crea más juegos de azar. ¡Espeismo que no falla! La plebe lo aclama. Y nosotros somos considerados y se lo brindamos. ¡De paso cañazo!- exclamó eufórico.
En fin... ¡tiene todo en bandeja para resolver y salir a flote y se traslada para avisar -como un cobarde avestruz- que tocamos fondo... No, hombre, no... volvió a tronar. -Otros asuntos reclaman de mi responsabilidad. Soluciones inmediatas que dilato atendiéndolo a Vd. Vivo trabajando. Lo ve. Y no dispongo de más tiempo,- finalizó, dando brusco las espaldas.
El ministro ni pío contemplando el cielo raso.
Camino al vestidor, el presidente viró los problemas: -Me están esperando el maestro de protocolo, el profesor de fonética, el de gimnasia, el sastre, los escribas (a los que voy a recibir de inmediato para instruirlos en los discursos de esta noche). El barbero (que nó el de Sevilla) pero sí el hablantín que me cuenta todo lo que se dice de mí por ahí. El peluquero (otra ficha). El maquillador (ídem). Masajista, manicura, pedicura, etc., etc., etc. No. Si no puedo permitirme el menor solaz. ¡Irrumpen hasta en mi humilde intimidad de lavarme los pies!
El ministro, sin cobrar el habla, salió a la calle de un salto por la ventana.
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