Una mujer sencilla y valiente

R. Valdivia

Mis padres se casaron para crear una familia, tal como dicen los cánones. Pero como no congeniaron, apenas nacido yo, decidieron separarse, terminar la relación conyugal y seguir cada uno su camino. El hecho de mi existencia, pasó a ser cuestión de segunda importancia, o de ninguna importancia, porque lo normal hubiese sido que yo acompañara a mi madre. El hecho es que yo quedé a cargo de mi padre, y como recien nacido, tenia muy pocas o ninguna posibilidad de opinar sobre la cuestion.

Así la cosas, resultó que mi padre tenía una hermana soltera, que recien iniciaba sus labores como maestra y él no encontró mejor solución que endosarle a su hermana la responsabilidad de acogerme, protegerme y cuidarme. Menudo problema se echó encima esta joven, ya que la grotesca "moral" vigente, no podía consentir que una joven soltera apareciera con un niño, que "podría ser" su hijo. Y esto, en una maestra, era ya algo absolutamente intolerable.

De esto pude yo darme cuenta, cuando algunos años más tarde, habiendo aprendido a leer, descubrí que una ventana de la casa estaba prácticamente empapelada con documentos acreditando mi origen y confirmando con sellos, firmas y declaraciones, quiénes eran los autores legales de mi existencia.

Para facilitar las tareas que suponían mi crianza, llegó a la casa una joven, también soltera cuyo fisico esmirriado no revelaban su buena salud ni su tremenda capacidad de trabajo. Fue a ella a quien yo empecé a llamar mamá, porque no tenía otra opción, ya que era ella quien estaba siempre a mi lado, atendiendo a todas las cosas que los niños suelen decir o hacer. Fue ella quien me enseñó las primeras letras e incentivó mi amor por la lectura.

Fue por allí, cerca de mis siete años, en que "mamá" encontró novio y se casó y se fue de la casa, para formar su propia casa y familia, como dicen los cánones. Y así es como pude darme cuenta o empezar a darme cuenta, que detrás de todo había una historia.

Pero no voy a aburrir a mis amables lectores con esa historia, sino con la otra. Ella, llevada por su perseverancia y espíritu de trabajo, junto con su esposo, lograron crearse una buena situación. A mí, los vientos y marejadas me llevaron por caminos, tan ricos de vida y experiencias, que gustosamente volvería a recorrelos. Encontré alguna vez a mi madre biológica. Pero el cordón umbilical se había roto definitivamente. Pese a que ambos hicimos algunos ensayos por superar el daño. Con la otra mamá, manteníamos una relación afectuosa y de respeto, no muy contínua, esporádica pero inalterable.

Ella vivía en el norte del pais. Yo vivía en el centro de él. Por lo tanto, en la práctica no teníamos ningun tipo de comunicación. Pero ahora yo estoy seguro de que ella sabía, de alguna manera, los pasos que yo iba dando. Intuición o precognición.

Porque en mis caminos, el tránsito era por la izquierda, nunca por la derecha. Y por ese camino irrenunciable, llegamos al Terminal del Infierno, vale decir a los días de tan triste memoria, como los que sucedieron después del 11 de setiembre de 1973.

Como dije antes, ella había adivinado en qué lado de las posiciones podría estar yo y calculó que podría estar entre los recluídos que la jauría militar había encerrado en el recinto de una antigua y abandonada productora de salitre, ubicada en pleno desierto. La ex Ofícina Chacabuco.

Apenas hizo sus deducciones, decidió ir al lugar a preguntar "por su hijo" Pero pensarlo y hacerlo, eran dos cosas nada de fácil en aquellos días. Primero, obtener la autorización de "las autoridades" para hacer el viaje. Segundo, hallar el medio para acercarse. Tercero, caminar unos tres km. por el desierto.

Ahora bien, los caminos de acceso al lugar, habían sido minados, a objeto de impedir una posible fuga de prisioneros. De modo que cuando ella se acercaba al sitio, iba caminando por las zonas minadas. Los guardias que custodiaban la entrada le gritaron que no continuara, porque había riesgo de explosión. Pero ella pensaba que no querían que se acercara y atravesó impertérrita e incólume ese campo minado. Cuando la interrogaron, sólo dijo que ella quería saber de "su hijo" Raul. Pero ese hijo Raul estaba viviendo otras peripecias, lejos de allí.

Luego, después de muchos años, pude reconstruir esta historia. No he dejado de relatarla. Y así fue que pude constatarla. Pues en alguna ocasión, en que habían varios oyentes, una de ellos me dijo:
-Te creo Raul. Esa historia, ese relato, lo escuché yo de un camarada que estuvo preso en ese sitio y fue testigo de la llegada de esa señora.


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