Vinaja, Eliseo: Moret. Roman. (På spanska) (Ser B 46.)  1997.

MORET

Capítulo 1 - La familia

Era el año 1948 en un pequeño pueblo de la provincia de Teruel, en los tiempos de represión y pobreza de una España cansada y agotada física-, moral- y económicamente.

Moret tenía trece años y vivía con su madre Cinta y su hermana Raquel. La pobreza era evidente y la casa adosada en que vivían era alquilada, sesenta pesetas al mes les costaba el alquiler de la vivienda. Anteriormente, se habían defendido más o menos. Desde que el hermano mayor Antonio se casó, desapareció la única fuente de ingresos de la familia, ya que el segundo hermano había sido llamado a filas del "servicio militar". Los escasos ahorros de que disponía la familia se gastaron con la boda de Antonio.

La situación en aquellos momentos era grave, había que consequir dinero de alguna forma, la madre trabajaba cuando había ocasión, recogiendo olivas al jornal, escardando, o en vendimia; entonces ganaba 12,5 pesetas al día. No valía la pena realmente ser explotado miserablemente para poder comer, pero era la única forma de tener algo que llevarse a la boca.

Esta tarde, Moret había vuelto de la escuela, cuando su madre le dijo:

- Mira, hijo. ¿Sabes dónde está el viejo molino?

- Claro que sí, es el que está al otro lado del río, tirando río abajo, como a dos kilometros del pueblo, en la punta de Valle Sastre. ¿Por qué me pregunta?

- Porque el molinero vende harina integral a ocho pesetas el kilo, dijo la madre. Tengo doscientas pesetas y con ellas podríamos comprar veinticinco kilos de harina.

Harina integral es trigo molido sin limpiar, o sea sin separar la cáscara de la harina.

- Si compramos la harina, dijo la madre, yo la paso por el cedazo y separo el salvado de la harina, tendremos veinte kilos de harina limpia y cinco kilos de salvado para dar a las gallinas. La harina la bajamos a Tortosa con el tren que, a Dios gracias, no tenemos que pagar billete, ya que como tu hermano trabaja el la RENFE, tenemos los "kilométricos". (Diez mil kilómetros anuales gratuitos para los familiares de los empleados). En el mercado negro en Tortosa la harina se paga a dieciocho pesetas en kilo. ¡Nos ganamos ciento sesenta pesetas limpias de polvo y paja!

- Bueno, contestó Moret, pero, ¿por qué contarme toda la historia? Hágalo.

- No hijo, las cosas hay que hablarlas. La harina, hay que ir al molino por ella, y hay que ir de noche. Por lo tanto, tu hermana, ni soñarlo. Tendremos que hacerlo tú y yo. ¡Yo sola no puedo ir!

No había más que hablar. Aquella noche Moret durmió mal, el colchón de panocha de maíz hacía más ruido que de costumbre, cada vez que se movía lo más mínimo.

De pronto notó una mano que le cogía del hombro y le sacudía ligeramente. Moret se levantó de un salto, todavía no estaba despierto, pero ya estaba de pie en el frío suelo, era su madre, en la obscuridad de la noche, y la mujer toda vestida de negro, era imposible verla. Pero el sabía o percibía la presencia de la madre, que sin decir una sola palabra, salió de la habitación y descendió al primer piso.

Moret palpó en la silla que tenía al lado de la cama y encontró los calcetines de lana gorda que su propia madre le había tejido, se los puso rápido para evitar el frío suelo que le helaba los pies, luego, cogió los pantalones de pana que la noche anterior dejara sobre el respaldo de la silla. Ya podía ver las cosas a pesar de la obscuridad, sus ojos ya se habían acostumbrado. Buscó la camisa y con ella en la mano se acercó a la columna casi cuadrada que sobresalía de la pared, se puso de espaldas apoyándose en ella para calentarse, hacía frío y él sabía que su madre, antes de despertarle habría encendido el fuego para hacer el desayuno, la chiminea tenía que estar calentita; así era, se apoyó cerrando los ojos y tapándose el pecho con la camisa, se quedó así varios minutos gozando del tibio calor.

No tenía ganas de ir a ningún sitio, la noche no le gustaba. Había oído ya varias veces que habían visto "maquis" en los alrededores del viejo molino. No tenía miedo a los "maquis", pero sí de la Guardia Civil, y, donde hay pájaros hay halcones.

Unos golpes en el suelo, debajo de sus mismos pies, le sacaron de este momento de meditación, se puso la camisa y salió de la habitación, las albarcas con suela de rueda de coche, ya gastadas, no hacían el más mínimo ruido. Fuera de la habitación había una sala que en otro tiempo había hecho servicio de granero, unas inmensas cajas de madera, ahora vacías, daban testimonio de ello, cruzó la salita y bajó los catorce peldanos que separaban del primer piso. Al pie de la escalera estaba el fregadero, y una puerta que daba a la salita que hacía de barbería cuando había clientes, oficio en el que Moret, por descendencia se había amamantado y del cuál sacaba escasos ingresos, un sillón, una mesa enorme de nogal y un gran espejo que colgaba de la pared dos palmos por encima de la mesa y enfrente del sillón.

Moret cruzó la salita y entró en la cocina que no tenía ventana alguna; a la izquierda entrando estaba el fuego chisporreando sobre una enorme plancha de hierro, que parecía de plata, tan brillante y limpia la tenía su madre.

Un puchero con agua de tomillo estaba ya hirviendo, dos platos hondos con rebanadas finas de pan negro y crugiente de racionamiento, con un ajo picado rociado con aceite, estaban esperando el agua de tomillo.

La mujer escaldó el pan con el agua y contempló a su hijo menor que estaba sentado en una pequeña silla con asiento de pita, éste se había quitado las albarcas y apoyaba los pies sobre la plateada plancha para calentarse.

- Tienes frío? le preguntó.

- Si, contestó Moret.

- Cóme las sopas, verás como se te pasa.

Moret cogió el plato que le tendía su madre, lo sujetó con ambas manos para sentir el calor, casi quemaba, juntó las rodillas y puso el plato cuidadosamente sobre ellas. A través de los gruesos pantalones de pana sintió el calorcillo que desprendía.

Cogió la cuchara de madera que su madre le tendía y comió sin ganas el pan negro de racionamiento, le daba asco, sabía a higos y crugía entre los dientes como si tuviera arena.

- Esto es pan de afilador, le dijo a su madre.

- Es lo único que hay, contestó ella.

Moret no se inmutó, estaba acostumbrado a pasar hambre, y así lo denunciaba todo su cuerpo, se comió las crugientes sopas y miró a su madre sin decir nada.

En los grandes y negros ojos del niño, la madre vio el cansancio y una cierta amargura, pero también una voluntad férrea de ir adelante, ansias de lugar por la vida.

La madre se levantó y a la luz de la lumbre, la figura querida de la madre, le pareció débil, pequeña. El era tan alto como ella y sin duda más fuerte, a pesar de lo flaco que estaba.

La madre miró el reloj despertador que había puesto sobre el gran banco de madera que había enfrente de la chimenea. Uno podía preguntarse al verlo, si lo habían construido allí mismo.

- Las tres y media. ¡Vámonos! dijo ella.

Moret se puso las albarcas sin prisa, se levantó y agarró la chaqueta que había recibido de un familiar de Barcelona, a él le quedaba grande, se notaba a la legua que cabían Moret y medio, cogió la bufanda y se la enrolló en el cuello; saliendo de la cocina a la derecha estaba la escalera que les llevaría al patio, la puerta de la casa era alta y ancha, con otra puerta más en el centro de la misma. Moret descolgó la llave que había colgado en un clavo, era una llave de grandes dimensiones, con ella abrió la puerta, la cerradura chilló cada vez que la llave daba una vuelta. Moret volvió la cabeza hacia atrás y en voz baja, casi en un susurro, le dijo a su madre,

- Hay que engrassarla. Mañana sabrá todo el pueblo que salimos tan temprano. ¡Los rojos no tienen que madrugar!

La madre asintió con la cabeza y salió a la calle, el chico salió detrás de ella por la entreabierta puerta y volvió a cerrarla con sigilo, sacó la llave de la cerradura, como si fuera un ladrón, se agachó delante de la puerta y metió la llave por la gatera dejándola reposar sobre el traversal de la puerta, se levantó y fue detrás de su madre que ya daba la vuelta a la esquina del Portal de la Balsa.

Cuando la alcanzó, le preguntó:

- ¿Llevará el talego y el dinero, verdad?

- Claro gorrión, ¿qué te crees? ¿Que vende de fiado?

Apretaron el paso y en silencio dieron media vuelta en circunferencia por las afueras del pueblo, hasta llegar al camino llamado de la Suerte. A Moret no le gustó nada esto, y le dijo a su madre:

- ¿Por qué por aquí?

- ¿Te da miedo pasar por el cementerio? le preguntó. No le temas a la muerte. La muerte llega cuando tiene que llegar, los muertos no hacen daño, los vivos sí.

Pasados los años recordaría Moret mucho esta frase. Al salir del pueblo, ya afuera del abrigo de las casas, soplaba un vientecillo frío que se colaba hasta los huesos. Moret se cruzó la chaqueta y le envió un pensamiento de agradecimiento al primo de Barcelona que se la dio.

Se metió las manos en los bolsillos y siguió el paso ligero de la madre, andaban en silencio sin cruzar palabra, la madre delante y el detrás. La mujer llevaba algo bajo el brazo derecho, que debía ser la talega para la harina, la llevaba plegada y bajo el brazo, cubriéndose con la grande y negra toca, que se cruzaba sobre el pecho sujetándola con una enorme aguja imperdible.

Moret decía no tener miedo a nada, pero cuando se acercaban al cementerio apretó el paso para alcanzar el nivel del ligero andar de ella, saco la mano derecha del bolsillo del pantalón y la deslizó por debajo de la negra toca, para agarrarse al brazo izquierdo de su madre.

De esta manera quedaba la madre entre él y el cementerio. La madre volvió la cabeza para mirarlo, Moret le ofreció en la obscuridad de la noche la mejor sonrisa de su vida, la madre le sonrió también y le apretó tibiamente la mano. Nadie dijo nada, pero ambos sabían lo que pensaba el otro.

En el campo de olivos que quedaba a su derecha, se oía: "Huuuuu...." y el sonido parecido a un maullido que emiten los buhos, pero ambos sabían que estas aves no hacen más que dar miedo a los niños.

El cementerio quedaba ya lejos cuando la madre rompió el silencio y le dijo:

- Gracias, por agarrarme del brazo, sabes que me hiciste sentir bien, pero ahora suéltame, tenemos que coger la senda de la ladera, hacia el río, de dos es imposible bajarla.

Moret se quedó un poco perplejo, sabía que su madre no tenía miedo a nada, ni a nadie, de todas formas se sintió un poco más fuerte, más hombre.

Empezaron el descenso por el "Camino Cabras", la ladera era muy pronunciada y lo único que allí crecía era alguno que otro pino chico y romero en cantidad. Había que ir con cuidado, todo era grava, y si uno se caía no pararía hasta llegar a la acequia, si no lo paraba algún coscojo de los pocos que había.

- Por si acaso, Yo iré delante, así si se cae, quizás pueda pararla. Qué le parece? dijo Moret.

- Muy bien, contestó la madre. Para ser tan temprano estás muy amable. Y se rió como hacía mucho tiempo nadie le había oído reirse.

Algo en el pecho de Moret se abrió. Igual que una ventana, dejando entrar la luz, quitándole toda la angustia que había sentido hasta entonces. Llegaron sin percance hasta el camino que bordea la acequia que riega la huerta de la parte derecha del Matarraña, al otro lado del río estaba el "Molino Viejo" pero no se veía luz alguna.

- Está segura que hay alguien en el molino?

- Sí, hombre sí.

Y no me ha dicho gorrión, pensó él.

- Eh tú, lo primero que hay que hacer, es cruzar la acequia pues por este camino no debemos ir, no sea que nos encontremos con alguien.

Cada dos huertas tenían un puentecillo en común para cruzar el pequeño canal, en el primero que encontraron se metieron y siguieron el sendero hasta llegar al río.

El río era ancho y lleno de grandes piedras, las había casi completamente redondas, el resto grava y arena. Dónde había algo de arena crecían unas grandes matas, sargueras, se llaman. El lecho del río era un sitio estupendo para jugar al escondite, por ambas orillas crecían cañas.

Moret le dijo a su madre:

- Tendremos que cortar un par de cañas gordas y largas para poder vadear el río.

- Córtalas, respondió ella, si son gordas quizás podamos pasar por los "Chorros".

Moret se sacó la navaja campera que llevaba casi siempre en el bolsillo, menos cuando iba a la escuela, buscó en el cañar hasta que encontró lo que buscaba. Cuando salió llevaba dos largas cañas de tres metros y medio cada una.

- ¿Qué le parecen? le preguntó. Justo lo que necesitábamos. Mire vea, son mas grandes que mi muñeca.

- ¡Uy!, dijo la madre, sí que son gordas.

Llegaron a los "Chorros", un sitio donde el río se hace más estrecho debido a la topografía del terreno. El agua y las piedras que lleva el agua, cuando el río baja crecido, han labrado cinco chorros o surcos, unos más anchos y otros más estrechos, igual que un pasarríos de gigante.

De roca a roca habría como un metro cuarenta y en algunas quizás dos metros. Cuando baja poca agua, en el verano, se llena de críos que las usan como toboganes de la naturaleza. Ahora era diferente, principios de Marzo y el río bajaba bastante fuerte. Desde unos cincuenta metros entre las sargueras ya podían oir el rugir del agua. Entre las rocas un poco más arriba, se podía vadear el río pero el agua estaba fría. Ir por el puente era dar un rodeo inmenso.

Moret le dijo a la madre.

- ¿Miedo?

La madre sacudió la cabeza.

- Déme el talego que me lo pongo en la cintura y lo ato con la correa.

Ya en los "chorros" vieron que el agua no cubría las rocas, podrían pasar si lo hacían con cuidado. Moret dijo.

- Yo voy primero.

- Ten cuidado hijo, le contestó ella.

El ruido del agua era impresionante. Moret con su caña, pisó la primera roca de los "chorros", metió la caña en el agua hasta tocar fondo, la afianzó en la roca y empujó con los pies, voló sobre el agua y pisó la superficie casi plana de la primera roca entre chorro y chorro, la caña apenas se dobló bajo su escaso peso. Con la misma facilidad salvó el próximo chorro, el tercero era el más ancho. Ya en la segunda roca, miró el agua del chorro grande, que hacía un ruido ensordecedor, era el que no podía usarse como tobogán, ya que el centro tenía como una olla con un par de piedras bastante gordas. Estas eran movidas por el fuerte empuje del agua y así se iba profundizando la olla por el roce contínuo de las piedras. En el verano el agua de la olla les llegaba casi al cuello, ahora cubría. Caerse allí era la muerte segura.

Moret metió la caña y le costó sujetarla, el agua se la llevaba, la sacó y volvió a meterla, esta vez un poco más arriba y con más rapidez empujando fuerte hacia abajo, el agua la arrastró; pero de pronto percibió Moret el golpe seco de ésta, que había tropezado con el muro de roca que hacía la olla, ahora era cuestión de empujarla hacia abajo hasta encontrar el fondo. La caña vibraba en las heladas manos de Moret, al fin tocó fondo, no llegaba a los dos metros, quedaba caña suficiente para el salto. La inclinó contra la corriente del río para compensar la fuerza de arrastre en el momento del salto, afianzó los pies al canto de la roca, y empujó con todo su cuerpo, voló por el aire y notó cómo la caña vibraba en sus manos, pero en seguida sintió la roca bajo sus pies, la sacó de la olla y le hizo una seña a su madre para que le siguiera. Si todo iba bien estarían en el molino antes de salir el sol.

La madre de Moret cruzó el río con la misma facilidad que su hijo, el cual no comprendía como su madre con sus cuarenta y cuatro años tenía tanta fuerza y agilidad.

Dejaron las cañas junto al cañaveral que había en la otra orilla y dirigieron sus pasos hacia el "Molino Viejo".


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Till HTML av Miguel Benito, juli 1998. Senast ändrat juli 2003.
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