Crónica de El Picacho.

Víctor Fernández

Todo empezó en El Picacho, un pequeño y casi desconocido caserío situado en un rincón de la Provincia de Coclé en Panamá. El cerro peñascoso y lleno de maraña, a cuyos pies yacía la aldea, constituía un fondo inhóspito poco visitado por los lugareños debido a las muchas arañas y culebras venenosas que allí habían encontrado un santuario. Un arroyuelo de poco caudal, aún en tiempos de lluvia, marcaba un límite sinuoso entre el cerro y las dos casas que había de ese lado del camino que conducía a El Cristo, el pueblo más cercano y primer centro de abastecimiento para las poblaciones de los alrededores.

Invandrarförlaget, 2000. ISBN 91-7906-018-8.
Immigrant-institutet. Ser. B. Dikter, noveller, essäer. Nr 50.
317 pp. 250 coronas suecas. Giro postal: 85 16 07-2.

Invandrarförlaget, Katrinedalsgatan 43, 504 51 Borås, Suecia
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Parte 1 y 2 del capítulo 1 y 1 y 2 del capítulo 2.

Capítulo 1


Los años en Panamá

1



Todo empezó en El Picacho, un pequeño y casi desconocido caserío situado en un rincón de la Provincia de Coclé. El cerro peñascoso y lleno de maraña, a cuyos pies yacía la aldea, constituía un fondo inhóspito poco visitado por los lugareños debido a las muchas arañas y culebras venenosas que allí habían encontrado un santuario. Un arroyuelo de poco caudal, aún en tiempos de lluvia, marcaba un límite sinuoso entre el cerro y las dos casas que había de ese lado del camino que conducía a El Cristo, el pueblo más cercano y primer centro de abastecimiento para las poblaciones de los alrededores.
A El Picacho sólo se podía llegar a pie o a caballo, cuando el tiempo así lo permitía, pues durante los meses de invierno se formaban enormes lodazales y el riachuelo de El Cristo se transformaba en un caudaloso torrente, lo que prácticamente impedía el paso. A la entrada se abría un llano, que estaba limitado a ambos lados por cercas de alambre de púas. A mano izquierda, tras potreros y cañaverales se divisaba el Cerro Picacho, virgen y enigmático. A la derecha, debajo de unos frondosos árboles de mango, había una casita de barro con techo de paja, donde vivía el señor Bruno y su mujer Francisca, hermana de mi abuela. Ambos murieron cuando yo era niño y la casa fue engullida rápidamente por la exuberante vegetación que la rodeaba. Medio siglo más tarde, los viejos árboles aún se erguían entre la maleza y con sus amplias sombras cubrían celosamente el desierto lugar donde había estado la choza.
De ese mismo lado, casi frente al cerro, vivían mis abuelos por parte de madre, Hilario González y Faustina Castillo, una unión que al principio no era bien vista por ciertos miembros de las familias. Sobre todo algunos de los Castillo miraban a los González con cierto menosprecio y desconfianza. Rencillas y palabras ofensivas pronunciadas en momentos de ofuscación fueron causa de un resentimiento que, en algunos casos, duró toda la vida. A pesar de ello, Hilario y Faustina vivieron una vida relativamente feliz y llegaron a tener ocho hijos, cinco mujeres y tres varones. Esilda, la más joven, falleció en su primera infancia, antes de haber nacido yo. La casa de mis abuelos fue construida por un señor Félix Romero, quien se había esmerado en dar cierta elegancia a la construcción. El piso era de cemento y el techo de hojas de zinc, lo que era poco corriente en el campo en aquellos tiempos. Frente a la casa y rodeado de unos arbustos decorativos, había un pozo de bomba. Un señor Ricauter Robles había venido de la ciudad especialmente a hacer ese trabajo.

Poco más adelante, en una loma rocosa que llamaban Las Lajitas, había un ranchito aislado donde vivía Chola, comadre de mis abuelos. Probablemente fue su vida solitaria e independiente, lo que le acarreó la fama de ser bruja y de tener un pacto con el diablo. También era conocida por ser buena curandera y, aunque algunas personas le temían, muchos pasaban por allí solicitando sus consejos y remedios. Además de poseer la facultad de volar de noche montada en una escoba, como suelen hacer las brujas, se oían rumores de que Chola poseía el raro poder de transformarse en animal.
Sin otro motivo aparente que "por maldad" o "cosas de brujas", ella solía salir a medianoche convertida en una cierva. Según contaban las leyendas de la región, había ciertos seres nocturnos que encontraban una extraña satisfacción en acechar a la orilla del camino con el sólo propósito de asustar a la gente y hacerle mal. Las víctimas perdían totalmente el sentido de orientación y se pasaban toda la noche dando vueltas en el mismo lugar, en una especie de laberinto, sin poder encontrar la salida.

Chola era la única bruja que había en El Picacho, pero ella compartía su fama y conocimientos con otras mujeres de los alrededores, mujeres fuertes e independientes, que eran temidas, pero también consultadas, debido a los poderes sobrenaturales que les otorgaba su alianza con el príncipe de las tinieblas. Varios encuentros con "cosas malas" habían tenido lugar y más de una vez había ocurrido que un viajero solitario había sido atacado por un "bicho raro" a altas horas de la noche. Por la mañana encontraban a la víctima magullada, tendida a la orilla del camino, toda cubierta de una especie de baba viscosa. En realidad, eran pocas las personas que no habían sido afectadas de una manera u otra por incidentes de este tipo. Y muchos hombres de pelo en pecho evitaban andar solos a medianoche por esos caminos desiertos, ya fuera a pie o a caballo, por temor a que algún ser maligno estuviese acechando detrás de un matorral.
Poco antes de llegar a Las Lajitas, casi en medio del camino, había una especie de aceituno silvestre, cuya fruta atraía los venados, que en esos tiempos todavía abundaban en los montes de El Picacho. Cuando llegaba la temporada propicia, los animales se acercaban de noche a los huertos en busca de comida. Mi abuelo aprovechaba esas ocasiones para irse de cacería. Atada a la frente llevaba una lámpara de minero, que llenaba con unas piedritas de carburo de un olor penetrante.
Una vez estaba él aguaitando en las cercanías del aceituno, cuan-do de pronto le salió una cierva que se comportaba de manera muy peculiar. El animal saltaba y rebuznaba juguetonamente, mostrando mayor interés en hacer acrobacia que en comer. Mi abuelo logró hacerle dos disparos, pero la cierva seguía brincando de un lado para el otro, como si las balas no le hicieran daño. Este incidente volvió a repetirse varias veces, hasta que él quedó plenamente convencido de que lo que tenía forma de venado no era más que una aparición diabólica. Como la comadre Chola le había hecho unos comentarios sarcásticos y hasta se había mofado de su mala puntería y poca suerte en la caza, mi abuelo dedujo que era ella sin duda la bruja que le estaba haciendo las exasperantes jugarretas.
Dispuesto a poner punto final a la engorrosa situación, él decidió consultar a personas que entendían mejor de estas cosas. Y tal como ya sospechaba, le confirmaron que sólo existía una forma de herir a una aparición de tal magnitud: Había que usar una bala mascada un Viernes Santo. Hilario preparó la bala de acuerdo a todos los requisitos y cuando llegó la temporada se fue nuevamente de cacería. Su intención era solamente herir el animal, darle un tiro en la parte trasera o en las patas para que escarmentara y lo dejara cazar tranquilamente. El pensaba hacer todo lo posible por evitar una tragedia, pues bruja o no, Chola era su vecina y comadre.
Era ya medianoche y mi abuelo estaba aguaitando detrás de unos árboles, cuando oyó que algo se movía entre la maleza. De repente salió el animal dando saltos, se detuvo a unos metros del sitio donde él estaba escondido y se le quedó mirando de manera casi provocativa, meneando la cola nerviosamente. Hilario levantó la escopeta y apuntó. Titubeó un instante, al pensar que iba a tirar a su comadre, y disparó. La venada dio un berrido, salió huyendo y desapareció monte adentro. Esta vez el cazador regresó a casa con la certeza de que había logrado dar en el blanco.
Al día siguiente, Chola estaba enferma y tuvo que guardar cama durante varios días. Se negaba a salir de su rancho y tampoco quería recibir visita. Después de este incidente, ella no podía caminar bien y, cuando le preguntaban por qué cojeaba, decía que se había caído y lastimado una pierna, pero Hilario sabía bien a qué se debía el malestar de su comadre. En cualquier caso, él había logrado espantar para siempre la fastidiosa cierva, pues nunca más volvió a aparecérsele.
Casi frente a la casa de mis abuelos y separado del cerro por el pequeño arroyuelo, vivía Pascual Castillo, hermano de mi abuela Faustina, un hombre fuerte y trabajador, cualidades que caracteri-zaban a esa rama de la familia. Además de los huertos que por lo general producían lo básico para el mantenimiento de los suyos, Pascual se dedicaba al cultivo de la caña y a la cría de ganado. Su propiedad tenía una posición bastante favorable, pues la parte situada a los pies del cerro era la más fértil y apropiada para la agricultura. Su esposa murió muy joven y no tuve  la oportunidad de llegar a conocerla, aunque a veces oía que las mujeres mencionaban a "la difunta Benita" con cierta tristeza y añoranza. Ella le dejó dos hijos, Demetrio y Adriano. La temprana muerte de su madre afectó en cierto modo a los dos hermanos y es probable que ellos nunca llegaran a recuperarse totalmente de esa pérdida. Tal vez era esa falta de cariño materno lo que motivaba la expresión triste y melancólica que se translucía en sus rostros.
Después de la muerte de Benita, Pascual quedó solo con sus dos hijos y con el tiempo volvió a casarse. Su nueva esposa, Zenaida, una joven simpática y trabajadora, llegó a ser madre de tres hijos y una hija, la última rama de la gente de El Picacho. Yo estaba viviendo en Europa, cuando me llegó la trágica noticia de la muerte de Adriano. Según la carta que me escribió mi madre, él había muerto solo y enfermo en una región montañosa donde había llevado una vida ermitaña.

La señora Josefa, la partera que me vio venir al mundo, tenía su terreno al lado de los Castillo. El ranchito estaba situado frente a Las Lajitas, donde vivía su hermana Chola. No recuerdo nada de ellas aparte de lo que me ha sido contado, aunque sí me queda un vago recuerdo de su hija, la señora Regina, casada con Eulogio. Ellos tenían tres hijos: Octavio, Catalina y Norberto, de los cuales solamente este último llegó a vivir toda su vida en El Picacho.




2


Juan Fernández, un vaquero de pocas hazañas y de mucho andar, solía llegar a El Picacho montado en un  hermoso caballo brioso de color pardo. Por lo general se bajaba en la casa de mis abuelos con la intención de hacerle la corte a Victoria, la mayor de los hermanos González Castillo. Poco a poco y tras asiduas visitas, Juan se fue ganando el corazón de la joven, quien entonces era maestra y trabajaba en la escuela de El Hato, un pueblito situado unos kilómetros más adelante. Tan perseverante era el jinete solitario en su cortejo que en una de estas visitas, Victoria quedó embarazada y el 4 de septiembre de 1941, mientras las fuerzas nazistas causaban estragos en Europa, nací yo, el único resultado de esta corta y trivial aventura amorosa. A la hora de dar a luz y conseguir a alguien que la reemplazara, mi madre se dirigió a su buena amiga y colega Ana Polo, en la ciudad de Aguadulce.

Un viejo proverbio asiático dice que un hijo sin padre es como una casa sin techo. En tal caso, no resultaría del todo absurdo afirmar que yo me quedé sin techo ya recién nacido. Antes de desaparecer para siempre de nuestras vidas, Juan se presentó ante el corregidor de El Cristo y me registró como hijo suyo. Mi madre y yo raramente tocábamos este delicado tema. Su silencio me decía que era mejor olvidar. Las pocas veces que yo insistí en saber más sobre mi origen, ella contestaba evasivamente y, como pretendiendo excusar un error, acentuaba el hecho de que mi padre me había reconocido antes de abandonarme.
A pesar de que mi inicio en la vida no resultó tan ventajoso como yo hubiera podido desear, fui bastante feliz durante esos primeros años en El Picacho. Sin embargo, el hecho de saber que mi padre nos había abandonado poco después de mi nacimiento, era algo que me afligía y avergonzaba. Sobre todo unos años más tarde, ya entrando en la adolescencia, me atormentaba la sensación de ser indeseable. Iba a transcurrir muchísimo tiempo antes de que yo llegara a comprender que lo que había ocurrido no era culpa mía, un conocimiento que por cierto me quitó un gran peso de encima. Cuando el bochorno de ser hijo bastardo me acongojaba, trataba de consolarme pensando que si era verdad que todo en la vida sucedía con un propósito, quizás hubiera en mi caso algún raro objetivo que yo no alcanzaba a comprender.
Aunque nunca llegué a echar de menos la presencia de mi padre, ya que apenas había tenido la oportunidad de verlo, su ausencia dejó en mí un vacío que yo hacía todo lo posible por ignorar. Recuerdo haberlo visto un par de veces durante mi niñez. Alguien me dijo: "¡Mira, ese es tu papá!", pero nunca llegué a hablar con él. No fue sino hasta mucho más tarde, cuando yo ya había cumplido cincuenta años, que me enteré de que mi padre vivía en Capellanía, un pueblito no muy lejos de Aguadulce. Fui allí a hacerle la visita, tal vez por curiosidad, pues era demasiado tarde para otra cosa. El vacío que él había dejado formaba ya parte de mi propia personalidad. Fue una visita corta y afable, aunque extraña, casi impersonal. Conocí a su familia, su mujer y mis hermanastros. Al despedirme, noté que el viejo Juan tenía lágrimas en los ojos. Le di un abrazo comprendiendo que esa era con toda seguridad la última vez que nos veíamos.
Aparte de la desventura de no tener un padre, mi primera infancia transcurrió en el encanto y la tranquilidad del campo, rodeado de personas que velaban por mi bienestar y seguridad. Las mujeres me mimaban y los hombres me enseñaban la importancia de ser macho. La vida del campo, inclemente y sosegada al mismo tiempo, formaba el carácter parsimonioso de sus habitantes y parecía dotarlos de un espíritu humilde e inquebrantable. Quizás estas cualidades hayan sido mi mejor patrimonio en la vida. Al menos me han servido para enfrentar los obstáculos y adversidades que he encontrado por el camino, estoicamente cuando ha sido necesario o doblegándome cuando la tormenta ha azotado sin piedad. Gracias a este dote de humildad he sabido apreciar mejor esos momentos cotidianos que por lo general suelen pasar inadver-tidos, pero que en en el fondo contienen una profunda e inagotable fuente de placer.
Aquellos rostros serenos que conocí en el campo, las miradas tímidas, picarescas a veces, el timbre rústico de las voces y los muchos gestos de simple generosidad, habrían de permanecer fieles en mí, cual memorias imborrables de una infancia cándida y placentera.
La labor diaria, una lucha constante por la subsistencia, empezaba de madrugada cuando las mujeres prendían el fogón de leña para asar la tortilla de maíz sobre una cazuela y preparar el desayuno. Por lo general, alguno de los muchachos se encargaba de ir a ordeñar las vacas. No era una comida variada, pero sólida y abundante. Lo importante era en realidad estar lleno. Si había sobrado arroz de la cena, se desayunaba café con "arroz dormido" o a veces con yuca cocida. Los hombres se iban al monte a atender sus cultivos y tenían que aguantar hasta mediodía. Solían llevar agua fresca en una tula o calabaza y un pedazo de tortilla en el bolsillo. La tarde anterior habían preparado las herramientas, sobre todo habían dedicado un largo rato a sacar filo a sus machetes en la piedra de amolar.
Las mujeres se pasaban el día ocupadas con los quehaceres del hogar: pilando maíz o arroz, tostando y moliendo café, preparando la comida. Con bultos y vasijas balanceando sobre la cabeza, iban a la quebrada a buscar agua y a lavar. Yo iba con ellas y aprovechaba para bañarme en la corriente llana y cristalina, mientras ellas aporreaban rítmicamente la ropa contra una piedra lisa. Los quehaceres de la casa eran diversión suficiente para mí y me mantenían ocupado todo el día. Tenía que ir a recoger huevos, ayudar a desgranar maíz o frijoles, subir a un árbol a coger frutas, barrer el patio, coger una gallina para la cena, corretear las zorras que de noche amenazaban comerse las gallinas. Juguetes no había, aparte de los que producía la imaginación y la confección casera; como aquel camión hecho de una lata oval, que había contenido sardinas en salsa de tomate, y que llevaba tirada de un hilo.
Teníamos un perro grande, que se llamaba Elefante, precisa-mente debido a su enorme tamaño. No era de ninguna raza especial, solamente un perro, un fiel amigo que por cierto llegó a salvarme la vida a costa de la suya. Yo estaba jugando en el patio, cerca de un pequeño cafetal que tenía mi abuelo, y se me ocurrió hacer un ranchito. Entusiasmado cogí un machete y empecé a cortar ramas. De pronto vi un tronco seco, que me podía servir para la construcción, fui y lo levanté. Debajo había una culebra enroscada, que molesta por la intrusión empezó a moverse, probablemente preparándose para el ataque. Yo quedé medio paralizado, mientras el perro se abalanzaba sobre el reptil, ladrando furiosamente y no dejó de luchar hasta que había logrado matarlo. Desdichadamente, la víbora alcanzó a darle varias mordidas y el buen animal murió esa noche. Mis tíos decidieron enterrarlo no muy lejos del lugar donde había muerto. La culebra fue colgada de un árbol de nance que había a la entrada de El Picacho, en una curva donde, según decían, salía "el chivato" y un perro negro alto con ojos centelleantes. A veces se oía "la tulivieja" por esas partes también. Todas esas eran apariciones malignas que reinaban en la noche, brujas y personificaciones del diablo mismo.
Los huertos de nuestra familia no eran muy extensos, pues la parte rocosa de Las Lajitas no era muy apropiada para la agricultura. Sin embargo, los cultivos producían lo suficiente para sobrevivir. Después de la muerte de mi abuelo, mis tíos quedaron a cargo de estas ocupaciones y de vez en cuando ellos me permitían participar en los rituales masculinos. Simples tareas como amolar un machete, ayudar a deshierbar un terreno, participar en la siembra y en la cosecha o ir a caballo a El Cristo a comprar artículos de primera necesidad, eran las primeras lecciones en una escuela que me preparaba para la vida del campo.
Tumbar monte a punta de machete, luego quemarlo y prepararlo para la siembra era un trabajo de hombres, aunque las mujeres jugaban un papel importante, sobre todo en la preparación de la chicha de maíz. Casi dos semanas antes de la quema, se daba comienzo a este largo y minucioso proceso en el patio o en el ranchito que servía de cocina. Finalmente, añadían miel de caña al maíz cocido y lo dejaban fermentar unos días. Cuando la sed o el hambre importunaba y la labor se sentía tediosa, los trabajadores hacían una pausa y se envigoraban con una totuma (recipiente hecho de una especie de calabazo) de la bebida agridulce. Este substancioso elixir era suficiente para subirle los humos a cualquiera, lo que a veces, cuando se hacían juntas grandes, podía resultar en serias trifulcas.
Machete en mano y ligeramente embriagados, los hombres vigilaban la escena infernal que ellos mismos habían creado y trataban afanosamente de controlar la furia de las llamaradas que lanzaban violentas lengüetadas al cielo. Cuando el viento cambiaba de dirección, se apresuraban a abrir nuevos trillos para impedir que el fuego se expandiera. Las sombras masculinas se movían borrosamente tras las llamas, rehuyendo el resplandor que amenazaba chamuscarles la piel. Sombreros de paja cubrían los rostros curtidos por el sol. Asediados por el calor, empapados en sudor y animados por la chicha, los hombres salomaban soberbiamente. Era un grito de triunfo, casi primitivo, que parecía contradecir el rugido del fuego. Al atardecer, el humo se iba desvaneciendo poco a poco y las cenizas cubrían el suelo ennegrecido. Era hora de volver al rancho, donde esperaban las mujeres con la jerga o el guacho, platos típicos del campo.

Los años en España

1


A fines de agosto de 1960 me embarqué rumbo al Viejo Mundo, sin realmente haber dado mayor consideración al propósito de mi viaje. Era sencillamente una magnífica oportunidad que no debía desperdiciar, una gran aventura que contenía la posibilidad de una vida mejor. La intuición me decía que lo más cuerdo era marchar hacia adelante y tratar de salvarme a mí mismo, no detenerme ni mirar hacia atrás, de hacerlo quedaría convertido en una estatua de sal.

Fue una gran satisfacción ir yo mismo a la agencia de viajes con los bolsillos llenos de dólares a pagar el pasaje. Mientras contaba los billetes arrugados, la elegante joven que me atendía comentó, no sin cierto sarcasmo, que hubiera sido preferible y mucho más práctico pagar con un cheque.
The Queen of the Sea se llamaba el impresionante transatlántico inglés que habría de llevarnos a Vigo. El nombre del barco y de la compañía se me quedaron grabados para siempre en la memoria, como las líneas inolvidables de una vieja canción romántica: The Queen of the Sea, Pacific Steam Navigation Company.
Ya había oscurecido, cuando el silbato de vapor dio una estrepitosa señal de partida. Un impaciente oficial inglés en elegante uniforme blanco se dirigió a los pasajeros que todavía estaban en el muelle despidiéndose y les hizo señas de que ya era hora de embarcar definitivamente. Un poderoso rugido proveniente de la sala de máquinas causó una leve vibración. La enorme nave blanca se puso en marcha y con impresionante lentitud se fue alejando del muelle. Lleno de emoción y entusiasmo, agité mi pañuelo en un último adiós. El vaivén del transatlántico formaba rápidos remolinos que chapoteaban en el vacío dibujando fugaces burbujas contra la oscura superficie del mar.
Un gran número de turistas entusiastas y pasajeros nostálgicos se había reunido en la cubierta, mientras el barco se deslizaba majestuosamente hacia las esclusas de Miraflores. Aparte de los que habíamos embarcado en Balboa, había a bordo varios jóvenes peruanos que venían de Lima. Al igual que la mayoría de los panameños, ellos iban también para Salamanca, todos con la firme idea de un día volver graduados de médicos. Al ver que algunos de los muchachos estaban bastante tristes y ya empezaban a añorar el hogar que no verían en muchos años, me estrujé los ojos fuertemente y traté de llorar, pero no tuve éxito. Tonín y yo bajamos a las entrañas del barco, donde compartíamos camarote con otros dos jóvenes. Mi entusiasmo y los sollozos de un desconsolado compañero me mantuvieron despierto largo rato.
Sólo había logrado dormir unas horas, cuando alguien me despertó para informarme que afuera había una gente preguntando por mí. Bastante confundido por el impreciso mensaje, salí a cubierta. Vicente, que en esos tiempos trabajaba en la zona del canal, había conseguido un permiso de las autoridades zoneítas para llevar a sus hermanas a ver cuando el barco pasaba por las esclusas de Miraflores. Aún me parece ver las figuras de mi madre y de mis tíos que poco a poco se iban disminuyendo en la distancia. Poco me imaginaba entonces que iban a pasar quince años, antes de que volviéramos a vernos.

El viaje a bordo del transatlántico inglés fue en sí una experiencia extraordinaria. Poco acostumbrado como yo estaba al lujo y a la buena calidad, la atención que recibía en la clase turista era un bálsamo para cuerpo y alma. El buen servicio a bordo, la comida, el aseo y sobre todo una embriagante sensación de libertad, hacían del viaje un verdadero placer. Resultaba fascinante salir a cubierta y no ver otra cosa que cielo y mar, mientras que el transatlántico flotaba en busca de un horizonte siempre distante. Además, había un sinnúmero de diversiones, fiestas y juegos para la recreación de los pasajeros, todo al estilo inglés. Era para mí un mundo nuevo, fascinante y seductor. Jóvenes de mayor experiencia y madurez establecían relaciones amorosas con elegantes damas, mientras que los novicios observábamos con cierta envidia el resultado de tanta osadía y buena suerte.

Durante las escalas que hicimos en Cartagena, Caracas y Curazao, aprovechamos para bajar y hacer un ligero recorrido turístico. Aparte del papiamento hablado por los habitantes de la isla holandesa, no tenía la impresión de encontrarme en el extranjero, sino más bien en distintas provincias del mismo país. A fines de agosto ya habíamos salido a mar abierto. Luego siguieron unos días de ocio y monotonía. La piscina estaba cerca de las cabinas de lujo y probablemente reservada para esos pasajeros, por lo que ni siquiera se me ocurrió preguntar si teníamos acceso a tal comodidad. De vez en cuando, una bandada de peces nos hacía compañía un rato saltando y volando juguetonamente a lo largo del barco. A veces una tormenta interrumpía el suave vaivén y olas gigantescas azotaban con furia el transatlántico meciéndolo violentamente, como si fuera una cáscara de nuez.
El cuatro de septiembre cumplí los diecinueve años. Estábamos a medio camino de la travesía del Atlántico, hecho que fue celebrado con una especie de carnaval. Unos compañeros se enteraron de que era mi día festivo y me hicieron un brindis. Era la primera vez que alguien celebraba mi cumpleaños. A mediados de septiembre, llegamos a Vigo. Momentos de gran pasión habían tenido lugar y lazos sentimentales habían retoñado durante esas semanas a bordo. La Reina del Mar continuaba su ruta hacia Inglaterra y desgarradoras escenas de despedida pusieron punto final a inolvidables aventuras amorosas.

Después de haber pasado por el control de pasaportes y la aduana, un guardia en uniforme gris y con un gorro negro, bastante estrambótico por cierto, se me acercó, me interrogó sobre el propósito de mi estadía en el país y con tono grave me dijo que yo era bienvenido a España a estudiar, pero no a buscar problemas. Algo ofendido por lo que interpreté como una inmerecida amenaza, cogí mis cosas e inclinando la cabeza a manera de una vaga despedida le di la espalda y pasé a la sala de arribo.

Tonito y su amigo Telémaco Trujillo habían ido al puerto a reci-birnos y nos informaron que pensaban aprovechar la oportunidad para conocer un poco la ciudad. Ellos habían reservado habita-ciones en una pensión modesta, pero cómoda y bastante central. Por la tarde salimos a dar una vuelta y fuimos a cenar en un restaurante al aire libre. No resultó muy difícil encontrar una mesa en el amplio jardín, cuyas tenues luces creaban un ambiente íntimo y romántico. Soplaba una brisa fresca y, en un entarimado que había al fondo, una orquesta tocaba la canción de moda ese verano, Comunicando.
Un joven limpiabotas se nos acercó y echó una mirada inquisitiva al grupo. Sin esperar a que le diéramos una señal afirmativa, se puso de rodillas y empezó a limpiarme los zapatos. Yo quedé un poco confundido, pero lo dejé que continuara, pues no valía la pena interrumpir la atmósfera que reinaba en el jardín. Traté de ignorar la figura arrodillada delante de mí, que tanto me recordaba a los limpiabotas de Santiago. Unas parejas danzaban alegremente al compás de la música. El mozuelo aprovechó mi distracción para sacar un martillito, un par de tacones o suelas y un tarrito que probablemente contenía una especie de engrudo. Tonito, que conocía bien el truco, intervino y le dijo que mis zapatos estaban nuevos y no necesitaban reparación. El muchacho se apresuró a meter las cosas en el cajón y resumió su trabajo. Me molestó ver la frescura del chico, pero su actitud tímida y mirada evasiva eran excusa suficiente. Le pagué y, contrario a mis intenciones, le di una peseta de propina.

Temprano al día siguiente, después de una corta y colérica discusión con el propietario de la pensión sobre lo que costaba el uso de la ducha, pagamos lo que debíamos y fuimos a la estación de la Renfe a comprar los billetes para concluir la última etapa de nuestro viaje. A lo largo de la vía férrea, desfilaban pintorescos pueblos rodeados de vastos campos de cultivo, que en cuadros casi simétricos formaban un centón de bellos matices. Intenté abrir una ventanilla para respirar aire fresco y poder apreciar mejor el paisaje, pero una nube de hollín me hizo desistir.

2


Situada a orillas del río Tormes y circundada por huertos y pequeños caseríos, la antigua ciudad universitaria creaba a primera vista una apariencia campestre, casi pastoral. Sin embargo, las magníficas catedrales y la arquitectura en general daban testimonio evidente de una historia de cierto esplendor.

La pensión estaba ubicada en Varillas 2, una callejuela tranquila próxima al mercado y a la Plaza Mayor. Era una casa de dos pisos, de una piedra arenisca y amarillenta tan usada en la construcción de edificios que las fachadas de la ciudad presentaban un matiz casi homogéneo. La pensión de Doña Pepita ocupaba la parte superior del inmueble.

Víctor, un joven de corta estatura y voz ronca, se apresuró a nuestro lado gritando: "¡Señoritos, señoritos!". El trabajaba de mozo en el mercado, lo cual explicaba la carretilla de dos ruedas que tiraba con destreza cuesta abajo por la empedrada calle. Todavía jadeando por la carrera que acababa de dar, sacó un paquete de Celtas y con cierta dificultad extrajo un cigarrillo flojo, pues parte del contenido se le había quedado en el paquete. Al encenderlo, el pitillo ardió con un chasquido y produjo una chispa que casi le chamusca las pestañas.
- Hostias! - exclamó Víctor rascándose la cabeza, mientras examinaba nuestro equipaje detenidamente.

Mi tocayo estaba determinado a ganarse una buena propina y no había manera de hacer que él desistiera. Dando una fuerte y última aspirada al pitillo, cogió dos maletas, entró tambaleando en el zaguán y subió las escaleras haciendo grandes esfuerzos para alzar el equipaje tanto como le permitieran sus cortas extremidades. El ruido que producían las maletas al golpear contra los escalones, así como las expresiones de frustración que dejaba oír el hombre cada vez que tropezaba con ellos, fueron suficientes para anunciar nuestra llegada. Pepita, una señora robusta y de mediana edad abrió la puerta de la pensión y nos saludó con una sonrisa distraída, a la vez que, con voz chillona y autoritaria, recriminaba al extenuado mozo por haber formado un bullicio semejante, lo que probablemente había irritado a los vecinos del piso bajo.

La pensión albergaba unos quince estudiantes en total. Dos nacionalidades dominaban, panameños y portorriqueños, entre los cuales reinaba una atmósfera jovial y de gran camaradería. Tonín compartía habitación con su hermano. Mi compañero de cuarto era Demetrio Villalba, un joven de Veraguas, con quien llegué a congeniar fraternalmente. Allí vivía también Fulvio Marrero, a quien llamaban Sorayo debido a sus hechizantes ojos claros que le daban un parecido a la emperatriz de Irán, así como un gran éxito en sus renombradas aventuras donjuanescas.
Carl Michael llevaba ya varios años en Salamanca y estaba luchando para aprobar las asignaturas que le faltaban para graduarse de médico. Guzmán, Montañez, Gadea, Pipo, Monje y otros portorriqueños estudiaban Derecho, lo cual en cierto modo resultaba bastante paradójico, ya que en España reinaba una dictadura fascista que mostraba muy poco respeto por los derechos humanos. Esta situación política, a la que yo tampoco había dado mayor consideración, contrastaba con una larga y prestigiosa tradición erudita. La Universidad de Salamanca, fundada en 1243, logró establecerse como una de las primeras universidades europeas de Derecho y Teología, una posición que mantuvo durante varios siglos.
Miguel de Unamuno, catedrático y director de la universidad, fue expulsado a Fuerteventura durante la dictadura de Primo de Rivera y luego se vio obligado a buscar refugio en Francia. El volvió a ejercer su cargo en 1930, pero no por mucho tiempo, pues aquel lamentable capítulo que había interrumpido su labor pedagógica iba a continuar aún con mayor éxito años más tarde. Cuando Franco tenía su residencia en Salamanca, de 1936 a 1938, ya el gran filósofo y educador había fallecido. A fines de esta década, el Generalísimo y su falange de nacionalistas habían ganado la Guerra Civil y se habían establecido permanentemente en el poder. La dictadura era un hecho y la época en que yo había llegado era sencillamente una prolongación "civilizada" del aciago capítulo que tan cruelmente había manchado las páginas de la historia de España, la popularmente denominada dictablanda.
La ideología fascista ejercía una influencia categórica sobre la vida académica, social, política y cultural del país. Recordé la advertencia que me había hecho el guardia civil al llegar a Vigo y, comprendiendo mejor la seriedad de su amenaza, sentí pesimismo e incertidumbre ante el futuro. En cierto modo, había huido de la ceniza para caer en las brasas. Yo había aprendido a detestar el despotismo y la arbitrariedad, ya fuera a un nivel familiar o nacional, y me sentía muy incómodo viviendo bajo un régimen que basaba su poder en la violencia y el terror.
El mero hecho de tener que callar por temor a ser castigado creaba un ambiente sumamente tenso y represivo, muy contrario a los principios educativos que debían reinar en una ciudad universitaria. Tomando en consideración este aspecto moral y humano, el propósito de mi estadía en el país resultaba poco atractivo. A mi manera de ver, no valía la pena estudiar una carrera, cualquiera que fuera, si tanto maestros como alumnos se veían obligados a regirse por normas que tendían a subyugar ese espíritu libre y creativo tan propio de la humanidad. Sin embargo, albergaba la esperanza de que esa trágica experiencia causada por la ideología fascista contribuiría a despertar una nueva conciencia, no sólo en esos jóvenes aspirantes a la carrera de Derecho, sino en toda España, en toda Europa. Tal vez así, las atrocidades cometidas en medio de un mundo civilizado jamás volverían a repetirse.


Copyright: Víctor Fernández
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